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lunes, 4 de julio de 2011

Al que madruga, dios le ayuda.

Me gusta que a veces me pica la planta de los pies y no soy capaz de arrascármela porque llevo botas, me gusta cuando salgo de la ducha con el pelo empapado y salpico el espejo del baño, y mi madre se pone como una histérica. Me he acostumbrado al lado derecho de la cama, y a la colonia de nenuco que me echaba cuando era pequeña. Me gusta no renunciar a mis sueños, aunque a veces no se hagan realidad, porque vivo aun así con la esperanza de soñar cada día un poco más. No soy de enamorarme, ni de compartir sentimientos, pero cuando lo hago, lo hago dejándome la piel, y amando hasta hartarme. Me gusta llorar, lo hago a menudo, incluso por la tontería más grande, y pensaréis que soy cobarde, pues no, soy valiente pues siempre lloro con al cara descubierta, frente a mi espejo, y prometiéndome a mi misma que ser´ala última vez. Soy  capaz de conocer todos los defectos, virtudes, y rincones de su cuerpo, y aun no soy capaz de reconocerle los míos propios. Muchas veces, me pongo triste y enloquezco, echo de menos a quien no debo y abrazo muy fuerte la almohada. Sé que no soy perfecta, tampoco me he puesto a intentar serlo, ni falta que me hace, se bien que no camino recta y que mis pasos son algo desconcertantes. Pero me he prometido a mi misma no ponerme limites, ni planificar mi vida, si algo ha de suceder, si algo tiene que pasar, pasará haga lo que haga. 

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